EL HOLOGRAMA BACHELET

A continuación reproducimos la columna de Jorge Ramírez, investigador del Programa Sociedad y Política, publicada en El Dinamo:

Para nadie es novedad que la candidatura de Michelle Bachelet se encuentra a la cabeza de una carrera presidencial anómala, ¿por qué anómala? Porque ha sido una contienda cargada de sobresaltos, flash backs y raccontos hacia nuestra historia reciente (40 años del golpe, aniversario del No, etc.), que guste o no, han situado al debate presidencial, en parte importante, en un oscilante ir y venir respecto del pasado. Sin embargo, sabemos que los electores privilegian votar más por sus visiones de futuro, puesto que como señalara Edmund Burke “no puedes planificar el futuro a partir del pasado”. Aunque no por eso la penetración mediática respecto a lo temas del pasado pasen a ser una cuestión trivial en la carrera presidencial.

En este contexto, la Nueva Mayoría no escapa el dilema que impone el ejercicio de proyectar un futuro a partir de un pasado reciente con distintas interpretaciones; algunas más complacientes y otras más exigentes ¿fue suficiente lo que hizo la Concertación? ¿Se debe renegar completamente de ella? ¿La medida de lo posible era el canon sobre el cual se debía operar? Frente a esto, lo único que logra aglutinar ambas visiones es Bachelet. ¿Por qué Bachelet? Porque la ex presidenta se constituye en una suerte de holograma para tanto el establishment concertacionista como para sus “nuevas generaciones” revisionistas.

Los hologramas tienen una propiedad especial,  y es que la imagen que proyectan  puede ir variando según la posición del observador. De este modo, dependiendo desde la trinchera que se observe el objeto holografiado, éste puede ofrecer cosas que desde otra perspectiva no serían posibles.

Así, y sólo para graficar, mientras para un comunista, Bachelet proyecta la imagen de la materialización de su lucha contra la exclusión política, y avances hacia un modelo de desarrollo propio del socialismo más maximalista. Para un DC, la opción de Bachelet no es más que un soporte a la gobernabilidad que permita –en algún grado- subsistir la moderación socialcristiana en el contexto de un partido que cada vez se encuentra más y más fagocitado programáticamente por las alas más progresistas de esta nueva familia llamada Nueva Mayoría.

Durante el periodo de campaña las perspectivas multifocales de la imagen Bachelet han sido tratadas de manera magistral bajo una estricta operación de control de daño. Esta campaña con códigos de hermética comunicacional marcada por la clausura deliberativa ha logrado que estas divergencias sean aminoradas. De ahí que para el grueso de los chilenos Bachelet no sea vista como el holograma descrito.

Sin embargo, de llegar a ser gobierno, Bachelet ya no será el holograma de campaña de sus partidarios, sino que la jefa de Estado de todos los chilenos. Ya no será una líder de aura virtual cuyas señales y mensajes puedan ser interpretados desde una esfera identitaria definida e interesada.

Los chilenos evaluaran sus acciones u omisiones desde la tribuna de la presidencia y ahí los matices, las dubitaciones y los hologramas no serán consentidos, y de eso, la ex mandataria ya sabe, basta recordar el tenor de sus dos primeros años de gobierno.

Quedando cerca de 40 días para las elecciones y al tenor de una mayor exigencia por información y definiciones, aún es tiempo para que el electorado se percate cuál es la verdadera naturaleza de la imagen de Bachelet.

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