CLIENTELISMO POLÍTICO Y SUS NEFASTAS CONSECUENCIAS

A CONTINUACIÓN REPRODUCIMOS LA COLUMNA DE JOSÉ FRANCISCO GARCÍA, COORDINADOR DE POLÍTICAS PÚBLICAS DE LYD, PUBLICADA EN EL DINAMO:

Una de las mayores preocupaciones que enfrentamos como sociedad a la hora de acercarse las elecciones, dice relaciĂłn con el intervencionismo electoral, y estrechamente vinculado con lo anterior, el clientelismo polĂ­tico. En una columna anterior me he referido al problema del clientelismo de manera indirecta; mi preocupaciĂłn estuvo mĂĄs bien centrada en las formas del intervencionismo electoral. Me preocupa ahora ahondar en los argumentos conceptuales que sostienen por quĂŠ el clientelismo polĂ­tico nos debe parecer un problema.

Si bien la literatura especializada suele estudiar el fenĂłmeno del clientelismo mĂĄs que el del intervencionismo propiamente tal, lo cierto es que existe una estrecha relaciĂłn entre ambos, que desde un punto de vista prĂĄctico los hace casi idĂŠnticos. En efecto, el clientelismo es intervenciĂłn y la intervenciĂłn suele tomar la forma de clientelismo. AsĂ­, por ejemplo, el abuso en el ejercicio de atribuciones ejecutivas o legislativas y que puedan ser definidas como intervencionistas, muchas veces toman la forma de ofertas clientelistas, que buscan capturar el voto o apoyo polĂ­tico de segmentos de la poblaciĂłn a cambio de ofertas de bienes o servicios.

Resulta difĂ­cil definir quĂŠ es el intervencionismo electoral. MĂĄs aĂşn, para algunos es discutible si la intervenciĂłn incluye sĂłlo al aparato estatal o si la participaciĂłn de los privados tambiĂŠn debe considerarse intervenciĂłn.

Sin embargo, histĂłricamente se ha entendido el intervencionismo como la participaciĂłn activa, interesada y parcial del Estado en las elecciones polĂ­ticas. Su forma mĂĄs comĂşn es el clientelismo, es decir, la prĂĄctica de entregar beneficios a un elector a cambio de su apoyo polĂ­tico.

El clientelismo puede tomar muy diversas formas: la entrega de bienes o servicios, la soluciĂłn de problemas especĂ­ficos o incluso la oferta de trabajo a costas del erario pĂşblico.

La forma más efectiva de clientelismo son –según la literatura– las promesas de empleo. Ellas tienen la característica de ser altamente selectivas (permiten “apuntar” ya no a grupos específicos, sino a personas específicas), son fácilmente reversibles (el beneficio puede ser “destruido” en cualquier momento, a diferencia de lo que ocurre cuando se entrega un bien o un servicio específico, en que ya no se puede revertir lo obrado), todo lo cual da continuidad al respaldo recibido. Es decir, el beneficiario queda atado en forma permanente al “patrón” (Robinson, 2003).

Sin embargo, no puede desconocerse el efecto que otras formas de clientelismo pueden tener sobre las personas, particularmente cuando se apela a necesidades bĂĄsicas de individuos pobres y para ello se recurre a clientelismo desde el Estado, que goza de una credibilidad mayor que candidatos desafiantes que no han logrado todavĂ­a construir una reputaciĂłn.

El problema es la serie de efectos que se derivan de estas prĂĄcticas. En primer tĂŠrmino, las prĂĄcticas clientelistas son una fuente bĂĄsica de malas polĂ­ticas econĂłmicas (Robinson, 2003), toda vez que bajo la necesidad de ofrecer beneficios se sacrifican las polĂ­ticas adecuadas. Esto puede incluir el retraso de medidas dolorosas pero necesarias; las regalĂ­as a costa de la responsabilidad fiscal o bien polĂ­ticas oportunistas que benefician a unos pocos, perjudicando a muchos.

Mås aún, según algunos el clientelismo tendría un efecto concreto en la pobreza, en cuanto Êsta no sólo es causa del clientelismo, sino tambiÊn sería causada por el clientelismo.  Por el contrario, la modernización y el desarrollo, contribuyen a destruirlo y su erradicación contribuye a su vez a la superación de la pobreza, por vía de políticas públicas responsables.

Pero además de sus negativos efectos económicos, el clientelismo tiene profundos efectos políticos. Tal como advierte Keefer, la existencia de clientelismo puede ser un obstáculo para el desarrollo político en tanto dificulta la credibilidad en el sistema. Al respecto, Robinson apunta que las prácticas clientelistas generan una suerte de círculo vicioso, porque “una vez en el poder, los políticos  deben pagar por el apoyo recibido” (Robinson 2003).

AsĂ­, para cualquier paĂ­s que se vea enfrentado a prĂĄcticas de clientelismo e intervenciĂłn, resulta fundamental enfrentar el problema, por cuanto afecta el normal desempeĂąo econĂłmico e impide el adecuado desarrollo polĂ­tico.

Al respecto a veces se sugiere –en forma algo complaciente– que los problemas que enfrenta Chile en este tema no son significativos y que sería un error pensar que los chilenos “se venden” por unos pocos beneficios. Lo cierto es que los estudios demuestran que las plataformas clientelistas sí tienen efectos en el comportamiento del votante; y más aún, que esto es especialmente cierto cuando el clientelismo proviene del incumbente (Wantchekon, 2002).

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