La cumbre “Democracia Siempre”, convocada por el Presidente Gabriel Boric, no es otra cosa que la reedición de una vieja estrategia: articular un frente ideológico continental bajo el ropaje de grandes valores universales, con la salvedad de que el evento se disfraza de política exterior y diplomacia, para ser financiado con cargo a los impuestos de todos los contribuyentes.
Esta vez, no se trata de defender la soberanía de los pueblos frente al imperialismo, ni de expandir el socialismo del siglo XXI, sino de levantar una muralla moral contra un enemigo reconstruido: la “ultraderecha”.
Pero la estructura es la misma. Como lo fue el Foro de São Paulo en los años 90 y 2000, este nuevo espacio busca reunir a los gobiernos y partidos progresistas de la región para coordinar una agenda común, otorgarse legitimidad recíproca, pero también blindarse frente a la crítica, hacer oídos sordos y cubrir con velos de ignorancia flagrantes casos de corrupción y atropellos a la institucionalidad por parte de algunos de los flamantes mandatarios convocados.
En el pasado, bajo el paraguas del Foro de São Paulo, fue el PT de Lula el articulador central, apoyado con entusiasmo por los petrodólares de Chávez. Hoy, con el régimen de Maduro en franca decadencia y sin la chequera del socialismo bolivariano, el liderazgo regional recae en una tríada que incluye a Boric, Petro y el propio Lula, con la bendición simbólica de Pedro Sánchez desde Europa.
Esta nueva generación de líderes regionales recurre a un discurso con apariencia ética, pero aplicación estratégica: defensa de la democracia, lucha contra la desinformación, combate al odio, rechazo al autoritarismo. Palabras nobles, sin duda. El problema es su aplicación selectiva. Ninguna mención a los regímenes de Nicaragua, Cuba o Venezuela. Ninguna condena al encarcelamiento de opositores, a la censura de la prensa, ni a las elecciones fraudulentas.
Tampoco hubo palabras respecto a la grave amenaza a la división de poderes y al Estado de Derecho que representa la controvertida reforma judicial en México, otro socio estratégico del bloque. ¿Por qué? Porque el verdadero propósito no es custodiar la democracia en términos universales, sino construir una narrativa hegemónica que sitúe a la izquierda como su única garante.
En este nuevo tablero, la derecha no es simplemente adversaria: es una especie de amenaza existencial. Por eso se habla de “internacional del odio”, de “reacción autoritaria” y de “peligro global”. Todo matiz desaparece. La complejidad de los fenómenos políticos se reduce a una lucha maniquea entre luz y sombra, donde cualquier crítica a este bloque progresista es fácilmente demonizada como una concesión al fascismo.
Así, bajo el manto de la defensa democrática, se reconstruye el viejo dispositivo de coordinación ideológica que representó el Foro de São Paulo. No se trata de una coincidencia, sino de una necesidad estructural: ante la pérdida de influencia de los viejos referentes -el castrochavismo, el ALBA, el Grupo de Puebla y la bancarrota del peronismo- se requiere una nueva plataforma que mantenga viva la arquitectura regional de la izquierda. Una que ahora, más que expandir un supuesto proyecto transformador, busca contener el avance de sus contrincantes quienes logran atravesar las capas sociales del mundo popular ante la permanente elitización y desconexión del discurso de izquierda.
En definitiva, la cumbre “Democracia Siempre” no marca el inicio de una nueva etapa, sino el reciclaje de una estrategia conocida: organizar un bloque ideológico continental, esta vez no para avanzar, sino para resistir. Porque lo que importa no es la democracia, es la supervivencia de una izquierda asediada y profundamente contrariada.
Columna de Jorge Ramírez, Investigador del Programa Político, publicada en Ex-Ante.-