En polĆtica nadie es imprescindible, salvo el poder. Ni Miguel Crispi, el denominado prĆncipe del Frente Amplio, mentor y lĆder con mayor nivel de protección y redes de su generación fue capaz de resistir a la autĆ©ntica operación de depuración de flancos de riesgo que el propio Gobierno de Gabriel Boric ha puesto en marcha al entrar en tierra derecha de este crucial aƱo electoral. En esta ocasión, uno de los factores de riesgo para la perdurabilidad del proyecto se situaba a tan sólo un par de escritorios del despacho presidencial: se trataba, nada mĆ”s ni nada menos, que del orejero del Presidente.
La de Miguel Crispi es probablemente la caĆda mĆ”s significativa para esta generación gobernante, junto al de su par generacional, Giorgio Jackson.
El ex jefe de asesores fue el gran arquitecto de la gĆ©nesis del movimiento estudiantil de 2011, base polĆtica acuciosamente trabajada por el entonces estudiante de sociologĆa y que operó como gran trampolĆn de esta generación polĆtica, que se inició con la Nueva Acción Universitaria (NAU) en la Universidad Católica. El paso siguiente fue el Congreso, con la denominada ābancada estudiantilā, el paso por el Gobierno de Bachelet para ayudar a implementar la desastrosa reforma educacional y la gratuidad en la educación superior bajo modalidad de ācolaboración crĆticaā, la fundación de Revolución DemocrĆ”tica y el tĆ©rmino en La Moneda con Gabriel Boric como Presidente de la RepĆŗblica.
Si bien en la trayectoria de Crispi hay mĆ”s victorias que derrotas, fue su revĆ©s electoral en 2021 el que marcarĆa su mayor paso en falso en polĆtica: el ingreso al Gobierno. Paradójicamente, el hijo pródigo del Frente Amplio, quien se preparó toda su vida para gobernar, desde el Saint George hasta la PUC, pasando por un Techo para Chile, la Fundación Dialoga de Bachelet y paneles de radio, verĆa transformado su paso por La Moneda en un autĆ©ntico calvario.
En su Ćŗltimo rol, Crispi incumplió todas las reglas fundamentales de un buen jefe de asesorĆa presidencial: conservar un perfil bajo, nunca siendo protagonista; blindar siempre al Presidente, evitando cualquier sobreexposición a Ć©l; y conservar un alto capital de credibilidad y prestigio que permita ser un interlocutor dentro y fuera de La Moneda a nombre de la Presidencia de la RepĆŗblica.
Por el contrario, en prÔcticamente todas las crisis de este Gobierno, Crispi fue siempre mÔs parte del problema que de la solución.
El ex Subsecretario de Desarrollo Regional visó millonarias transferencias a fundaciones de dudosa reputación que, luego sabrĆamos, tenĆan como propósito financiar gastos de operadores polĆticos que sin escrĆŗpulos pretendĆan usar recursos destinados a gasto social para las personas mĆ”s vulnerables con el propósito de montar maquinarias clientelares.
Luego, en el Caso Monsalve, Crispi fue incapaz de poner en acción un diseƱo estratĆ©gico desde la Presidencia de la RepĆŗblica que permitiera enfrentar la crisis con claridad y decisión desde el instante en que se conocieron los bochornosos y deplorables hechos de acoso y abuso sexual que terminaron por sepultar la consigna vacĆa del primer gobierno feminista de la historia de Chile.
Por Ćŗltimo, la operación para viabilizar la compra de la Casa de Salvador Allende puso al desnudo la falta de rigor y pericia de los equipos jurĆdicos a cargo de la asesorĆa presidencial que lideraba Crispi, al desconocer estos la inhabilidad expresa de ministros de generar negocios o celebrar contratos con el Estado.
Por todo lo anterior, la caĆda del Jefe del Segundo Piso, se tornó inevitable. Expuesto a todas estas polĆ©micas, Crispi vio cómo su permanencia en la jefatura presidencial se sostenĆa por meros subterfugios y leguleyadas administrativistas respecto de si correspondĆa o no que el Jefe de Asesores diera respuesta a preguntas de una Comisión Investigadora de la CĆ”mara de Diputados. Optando siempre Crispi, acorralado, con evasivas y silencios.
La lección de su opaco paso por La Moneda y particularmente por el Segundo Piso es que el poder es implacable con quienes lo ejercen sin la competencia necesaria. En polĆtica, la lealtad puede postergar una caĆda, pero nunca evitarla. Sin talento ni oficio, el poder no perdona: solo espera el momento adecuado para devorar a los suyos, aunque se trate de Miguel Crispi Serrano.
Columna de Jorge RamĆrez, Investigador del Programa PolĆtico, publicada en Ex-Ante.-