Política o gestión

Padezco el infortunio de sufrir un arraigado escepticismo respecto de las nuevas creencias que surgen de tiempo en tiempo acerca de los asuntos públicos, y que no sabemos si son modas (y por lo tanto efímeras) o bien marcan tendencias que perdurarán en el tiempo. Entre ellas la que sostiene que lo que importa en política no es la eficacia, sino las emociones.

Me criaron en la convicción de que los sentimientos suelen ser malos consejeros si se quiere asegurar una convivencia sana y es mejor evitar la rabia, el miedo, el resentimiento, el odio, la nostalgia infundada o el temor al diferente. Aprendimos que aquellos líderes que basaron su acción en la incitación descontrolada de los sentimientos de las masas inevitablemente terminaron en regímenes tiránicos. La democracia se fundamenta en la posibilidad de entablar conversaciones racionales bajo el supuesto de la existencia de hechos objetivos que se pueden comprobar; y consta que las diferencias se dirimen mejor cuando los sentimientos subjetivos son domeñados.

Hay sí una emoción indispensable en política, que es el concepto definido por Adam Smith como 'la simpatía' o empatía, que no es otra cosa que la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de identificarse con sus sentimientos y sufrimientos y de reconocerlo como un igual. Ello dio pábulo históricamente a grandes logros civilizatorios, como el concepto de igual dignidad entre miembros de la misma humanidad.

También se ha erigido en verdad axiomática la creencia de que existiría una dicotomía entre 'La política' y 'La gestión' y se nos insta a transitar a una nueva forma más noble de relación que ensalza la primera y desvaloriza la segunda. El lugar común más frecuente afirma que el gobierno es 'pura gestión y cero política', pero pocas veces se explica por qué estas dimensiones serían antagónicas. La política importa en la medida en que define los objetivos de justicia y establece los medios de cooperación y negociación para dirimir los conflictos que surgen de las diferentes cosmovisiones que compiten en una sociedad plural.

Sin embargo, hoy más que nunca deberíamos apreciar la importancia y la moralidad profunda de la buena gestión de un gobierno. Hemos sido testigos de una verdadera epopeya en el desafío de controlar la pandemia que nos azota: primero asegurando todos los medios para enfrentar la enfermedad en los mejores términos posibles. Ahora, liderando un proceso de vacunación masiva ejemplar. El Gobierno definió lo justo: salvar vidas y restaurar la normalidad. Nada de esto ha sido un milagro, sino la consecuencia lógica de una administración que ha tenido la visión, la voluntad, la capacidad de priorizar lo urgente, de adelantarse a los tiempos y negociar el abastecimiento de vacunas que muchos otros países aún no aseguran. Una buena gestión no es meramente un instrumento utilitario: es una obligación ética porque implica entre otras cosas manejar correctamente los recursos públicos que provienen nada más y nada menos que del trabajo de todos (incluido el del más pobre) y crear las estructuras para que la política, entendida como la persecución de lo justo, no sea una mera abstracción, sino que pueda ser una realidad.

 

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera de LyD, publicada en El Mercurio.-