
Que según la definición tradicional la pobreza haya disminuido desde 39% a 8% en poco más de dos décadas, o que ella se haya reducido aceleradamente en el pasado gobierno, en mi opinión, arroja un rotundo mentís a quienes han denostado nuestro modelo económico y social por su supuesta incapacidad para generar mayor equidad. La pobreza es la forma más lacerante de desigualdad, porque, al privar a las personas de lo más básico, ofende su dignidad. ¿Acaso no son macizos avances contra la desigualdad la disminución del hacinamiento en las viviendas, el acceso a la educación superior, la disponibilidad de artículos antes exclusivos de las clases medias, como automóviles, teléfono y electrodomésticos, incluso entre los ahora considerados pobres?
Tal vez la extrema desigualdad de ingresos pueda causar conflicto social e inseguridad. Es preocupante la gran disparidad de rentas existente en Chile, porque refleja una falta de oportunidades y de competencia que es injusta y causa desperdicio de talentos. Pero no se sigue de ello que debamos transformar el cuestionable coeficiente Gini u otra medida de las diferencias de ingresos en el indicador clave del desempeño de nuestras políticas sociales.
Las nuevas mediciones oficiales revelan que, pese a lo avanzado, aún hay mucha pobreza a nuestro alrededor (14% o 20%, según el indicador que se emplee). Para superarla necesitamos una economía dinámica como la de 2010-13, en la que surgen emprendedores, se levantan inversiones, se crea trabajo, suben los ingresos y hay más recaudación fiscal para solventar adecuados programas sociales. Priorizar la igualdad conduce a políticas tributarias y regulatorias contraindicadas para el crecimiento. Puede que hayamos avanzado mucho en acortar las diferencias de ingresos, pero una economía dinámica al menos ofrece a todos, pobres y ricos, tangibles mejorías y buenas expectativas. Probablemente nada provoque más frustración social que la combinación de estancamiento económico y persistente desigualdad a la que parece condenarnos el gobierno de la Nueva Mayoría.
Para quienes hemos participado en la construcción y defensa de nuestro modelo económico y social, los resultados de la Casen son motivo de profunda satisfacción. La centroderecha, tan golpeada últimamente, pero cuyas ideas y cuyo gobierno han probado su eficacia, debe sacar la voz por los más pobres.
Columna de Juan Andrés Fontaine, Consejero de LyD, publicada en El Mercurio.-