NUESTRO SISTEMA DE PARTIDOS: ¿QUO VADIS?

A CONTINUACIÓN, REPRODUCIMOS LA COLUMNA DE JORGE RAMÍREZ, INVESTIGADOR DEL PROGRAMA SOCIEDAD Y POLÍTICA DE LYD, PUBLICADA EN EL DÍNAMO.

El sistema de partidos políticos chileno ha sido durante mucho tiempo reconocido a nivel empírico y general como un sistema altamente institucionalizado. Partidos de raigambres históricas, impregnadas en la cultura política del país, con bajos niveles de volatilidad electoral experimentados entre elecciones y raíces estables en la sociedad, eran algunas de las características de nuestro sistema partidario hasta hace un par de décadas.

Sin embargo, la acumulación de indicios comenzó a entregar señales de una fatiga en nuestro sistema. En primer lugar, la percepción de los partidos como un ente que confiere legitimidad al sistema democrático ha ido decreciendo a tasas realmente asombrosas. Así las cosas, los partidos ya no son vistos como un sostén de gobernabilidad y canalización formas de demandas políticas, y aquel síndrome se tornó aún más crítico cuando los políticos poco a poco fueron prescindiendo de ellos. Una de las manifestaciones más evidentes de desinstitucionalización de un sistema de partidos es precisamente cuando éstos dejan de ser un ente clave para determinar el acceso al poder. Fenómeno cada vez más creciente en el Chile contemporáneo. Vea usted el fenómeno de los caudillos, díscolos o regionalistas.

La ciencia política chilena, muy vapuleada en el último tiempo, ha sido capaz de advertir muchas de estas cuestiones. Sin ir más lejos, investigaciones como las de Juan Pablo Luna han problematizado la noción de institucionalización de nuestro sistema de partidos constatando la nula raigambre social de los mismos. Y en un diagnóstico aún más lapidario, el mismo Luna junto a Fernando Rosenblatt en una reciente publicación han podido dar con algunas de las claves que permiten dar forma a una "nota para una autopsia" (como se titula el crudo pero interesante artículo) de nuestro sistema partidario. Los factores de esta verdadera anemia partidaria se fundan principalmente en el deterioro de la vinculación programática entre el partido y el votante, la centralización de la toma de decisiones en actores específicos, la ausencia de mecanismos institucionalizados y formales para la resolución de controversias internas y algunas trabas a la renovación, entre otros.

En suma, la incipiente fragmentación que hoy en día vemos de manera patente en la Alianza, pero cuidado, no por eso inexistente en la Nueva Mayoría; con la gran salvedad que Michelle Bachelet ha logrado contener este fenómeno, pero no sabemos por cuanto. Era un fenómeno previsible.

Sabemos que sin partidos políticos robustos, las democracias no funcionan. La señal es a mirar este fenómeno con preocupación y tratar de dar encauce a nuevos diseños institucionales que puedan contribuir a florecer nuestra institucionalidad partidaria. Son los partidos quienes se encargan de escudar a los gobiernos, por lo mismo los propios políticos y nosotros los ciudadanos debemos cuidar de ellos.