¿HACIA UN ESTADO BENEFACTOR? MEJOR QUE NO

A continuación reproducimos la columna de la investigadora del Programa Económico y Social, Cecilia Cifuentes, en La Segunda.

En la última década nuestro país se ha visto beneficiado por una gran bonanza del cobre, cuyo precio se ha multiplicado por casi seis veces entre 2002 y 2011. Esto ha significado un importante flujo de recursos fiscales, no sólo provenientes de CODELCO, sino también de la tributación de la minería privada. En 2002 los ingresos fiscales provenientes de ambas fuentes no llegaron a US$ 500 millones, mientras que en 2010 sumaron US$ 9.300 millones, y superarían los US$ 10.000 millones este año. Es evidente que este aumento de ingresos permite profundizar las políticas sociales, y está bien que así sea. Pero es peligroso que esta abundancia nos lleve por un camino que hoy tiene al borde de la quiebra a varios países que ya habían pasado el umbral del desarrollo, y hoy se dan cuenta que eran menos “ricos” de lo que pensaban. Es un tópico común en la ciencia económica el hablar de la “maldición de los recursos naturales”, no sólo por el gran problema que produce su eventual agotamiento o declinación, sino también porque tienden a generar un efecto negativo en el esfuerzo y la creatividad de la sociedad, que es finalmente lo único que lleva al desarrollo.

Este importante aumento de ingresos que ha recibido el país en los últimos años ha permitido una política social más generosa, pero no se puede perder la focalización de ésta última, no sólo por la demanda de recursos que genera llegar al 60% de la población con los beneficios, sino también porque la gratuidad atenta contra el desarrollo. Efectivamente en el corto plazo  el bienestar de la sociedad aumentaría, pero a costa de cercenar la posibilidad de llegar a ser un país desarrollado a futuro, aún cuando financiemos esos beneficios con mayores impuestos y no hipotequemos la sostenibilidad fiscal de mediano plazo. El tema educacional es buen ejemplo para explicar lo anterior. Está bien la gratuidad para los dos primeros quintiles, y a lo mejor también para unas pocas carreras socialmente rentables, pero privadamente no, aunque en ambos casos sujeta a buenos resultados académicos. Pero en los otros casos la posibilidad de un crédito, sin un subsidio generalizado de tasas, asociado a resultados, y en lo posible con una contribución monetaria del estudiante, es sin duda una mejor política que la gratuidad ¿Qué mejor incentivo para el logro académico de los hijos que ver el esfuerzo de sus padres por contribuir a pagar sus estudios? ¿Qué mejor estímulo para el resultado académico y luego profesional que el tener que pagar a un costo razonable lo que la sociedad le entregó a un joven para que pudiera aspirar a un desarrollo profesional que de otra forma habría sido inviable? Es mejor prestar un peso a regalarlo, ya que si se presta  con intereses, se utiliza productivamente, si se regala, no importa desperdiciarlo.

Pero el problema no termina ahí. Si nos encaminamos a construir una sociedad en que el 60% más pobre obtiene bienes significativos del 40% más rico, disminuye el incentivo a formar parte de ese 40%, lo que finalmente termina en una sociedad con menores niveles de esfuerzo y de trabajo, y por ende, de gastos fiscales crecientes e ingresos decrecientes. Tenemos la suerte de estar viendo los efectos de ese esquema en varios países europeos, no tomemos entonces el camino equivocado, y construyamos una sociedad que premie el trabajo y la creatividad, ya que es la única forma de eliminar la pobreza y aumentar el bienestar en forma permanente.