¿CONFUSIÓN EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS?

Las políticas públicas, especialmente en el área económica y social, son determinantes para el progreso futuro. Desgraciadamente se percibe en el Chile de hoy una confusión sobre su rumbo; ello es negativo en sí mismo, pero sería más grave si se concretan finalmente cambios inadecuados.

La coalición de gobierno siempre estimó que los problemas complejos se resuelven con incentivos adecuados, esfuerzo y tiempo. Pero parece haber caído en la ilusión legalista al proponer cambios constitucionales como parte de la solución de los problemas en educación. Si ello fuera útil, ¡cuán fácil sería superar dificultades!

Quienes por mucho tiempo defendieron con convencimiento que la solución final a los problemas de la población pasaba por el crecimiento, esbozan hoy subir nuevamente impuestos, en lugar de aprovechar el buen precio del cobre para ponerse una meta más exigente que el programa inicial y progresar más rápido. Conociendo que los trabajadores mejoran más cuando más avanza el país y no hay que tener segundos pensamientos antes de contratar a alguien, la balanza se inclina hacia encarecer los costos de empleo.

Sectores que en los últimos años han sido muy dinámicos, beneficiando enormemente a la población a través de democratizar el crédito o de hacer disponible comunicaciones para todos los chilenos en formas antes desconocidas, son objeto de recelo y en vez de generarse una relación constructiva para seguir mejorando, se les confronta y se esparce desconfianza sobre su accionar.

Lo paradójico es que estos titubeos se producen cuando el desempeño de nuestra economía sigue muy dinámico. Los salarios y el empleo crecen y por lejos compensan los mayores precios en alimentos y transporte impulsados por las alzas globales. La inflación ha vuelto a un curso más normal y las incertidumbres en la economía mundial no nos han afectado; salvo un episodio similar al de 2008, que los responsables debieran evitar, no es previsible que lo que sucede en el mundo nos precipite a un retroceso.

Tampoco cuando miramos con una perspectiva de mayor plazo hay razones para cambiar el rumbo de las políticas que inspiraron al Gobierno. Es cierto que en Chile hay desigualdad y pobreza, pero los avances han sido notables. La pobreza disminuyó a un quinto en 20 años. Los pobres tienen las mismas probabilidades de ser atendidos por un profesional que los más afortunados cuando se enferman. De 118 mil estudiantes en educación superior hemos pasado a un millón. La desnutrición primaria infantil es casi inexistente, el acceso al agua potable es universal y el tratamiento de aguas servidas se acerca a ello rápidamente. Es cierto que el ingreso del 10% más afortunado es muy superior al ingreso del 10% más pobre, pero ello se corrige en gran medida si incluimos el efecto de la red social.

Los técnicos destacan que el Gini, un indicador de desigualdad, no ha mejorado en décadas. Pero al estudiar los datos en mayor detalle se observa que las cifras esconden una importante nivelación en los ingresos en las generaciones más jóvenes. Hemos sembrado y luego cosecharemos también en este plano.

Todo lo anterior debiera llevarnos a reforzar las políticas que son el corazón de la visión del Gobierno y no a titubear. La oportunidad existe para ser más ambiciosos. El programa de gobierno constató cómo el crecimiento venía decayendo paulatinamente durante los gobiernos de la Concertación. Se propuso corregirlo, pero la mejoría inesperada de los términos de intercambio debiera llevarlo a ponerse hoy una meta más ambiciosa aún.

Cualesquiera sean las razones de las dudas, el efecto es muy negativo. Si son tácticas, como una manera de acomodar peticiones de sectores vociferantes, violentos y que pretenden sobrepasar el proceso democrático, generan mucho más perjuicios que beneficios.

Si sinceramente están revisando sus convicciones, harían bien en analizar con objetividad lo avanzado en todos los planos como fruto de la implantación de aquello que han defendido. Si lo hacen retomarán con nuevos bríos el camino.