Por Jorge RamĆrez,Ā Coordinador del Programa Sociedad y PolĆtica deĀ Libertad y Desarrollo, publicado en La Segunda.-
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Chile y Brasil durante los Ćŗltimos meses se han visto envueltos en escĆ”ndalos de corrupción. Si bien las magnitudes, extensión y alcance de los episodios del financiamiento irregular de campaƱas polĆticas en Chile y de los sobornos con fines polĆticos en el caso brasileƱo, particularmente en el bullado caso Petrobras, difieren. Por el contrario, sus efectos, tienden a la convergencia: descrĆ©dito de la clase polĆtica, corrosión de la figura presidencial y la configuración de una tesis maximalista desde el punto de vista del re-ordenamiento polĆtico/institucional: el quebrantamiento de un pacto dada las supuestas conductas espurias de una cĆŗpula mandataria, con la Ćŗnica salida viable de una nueva constitución. Volveremos al final sobre este punto.
Pero un paso previo en el anĆ”lisis debe necesariamente incorporar el hecho de que el malestar en ambos paĆses encuentra sus raĆces en condiciones socio-polĆticas mucho mĆ”s estructurales y globales que trascienden la coyuntura de los escĆ”ndalos mencionados anteriormente. Tanto Chile como Brasil han experimentado un crecimiento exponencial de sus clases medias, sin ir mĆ”s lejos, el legado de Lula da Silva fue principalmente la conformación de un vasto nuevo grupo social, en el cual 6 de cada 10 ciudadanos brasileƱos mayores de 16 aƱos pertenecen hoy a la clase media (mĆ”s de 100 millones de personas) conforme a datos de Dathafola. En Chile la situación no es disĆmil, los Ćŗltimos datos ratifican el hecho de que la clase media es el grupo social mĆ”s relevante de la población; un 42% de los chilenos pertenece a esta estratificación social conforme a datos del Banco Mundial. ĀæCuĆ”les son las implicancias de esto? Sencillo, como seƱala el analista MoisĆ©s Naim en su texto El fin del poder, las revoluciones del mĆ”s (mĆ”s educación, mĆ”s acceso a bienes y servicios y mĆ”s expectativas) y de la movilidad (de ingresos inter-generacionales, de capitales, de flujos migratorios, de "cerebros", etc.), encuentran su expresión mĆ”s nĆtida en las capas medias de la sociedad. Y como seƱalara Samuel Hungtington, en aquellas sociedades en rĆ”pida transformación, las expectativas y exigencias de la población -particularmente de sus clases medias- tienden a crecer a una velocidad mayor que la de las capacidades que cualquier ente gubernamental posee para satisfacerlas.
Sin embargo, efectivamente puede que la corrupción sea el catalizador de estas frustraciones y aflicciones, no existe una pretensión por desconocer aquello, pero el punto es que sin una ciudadanĆa lo suficientemente informada, crĆtica y consciente de sus derechos y de las responsabilidades de sus autoridades, la repercusión de los hechos de corrupción serĆa radicalmente menor.
Pero mĆ”s allĆ” de la desafección, la pregunta es cómo las sociedades complejas son capaces de dar cuenta de estas crisis de confianza. La alternativa de la izquierda -en general- pasa por retrotraer las condiciones del pacto o contrato social a un momento cero. El razonamiento en clave Rousseauniana es el siguiente: "las condiciones estructurales del ordenamiento polĆtico han posibilitado la existencia de prĆ”cticas corruptas y de malestar social, por ende esta institucionalidad es espuria y ha de ser refundada". De ahĆ surge la demanda -entre otras, por cierto- por una Nueva Constitución.
Parece una invitación provocadora, pero que puede ser mĆ”s bien efectista. Sin ir mĆ”s lejos, la autĆ©ntica metĆ”stasis de corrupción, trĆ”fico de influencias y faltas a la probidad en el caso brasileƱo, se dieron en el marco de una institucionalidad que emana de la constitución de 1988, que fue nada mĆ”s ni nada menos que el producto la conversión de su Congreso en una asamblea constituyente, compuesta por 559 congresistas, con el objeto de reemplazar al anterior texto heredado del rĆ©gimen militar. ĀæHa sido esta extensa constitución[1], producto de un congreso constituyente, de mĆ”s de 160 pĆ”ginas (versus las 73 pĆ”ginas de la de Chile) Ā y que salvaguarda cerca de 79 derechos sociales (versus los 46 del texto Chileno), segĆŗn indica la base de datos de los profesores Z. Elkins, T. Ginsburg y J.Melton en The Endurance of National Constitutions, suficientes para contener el "malestar social", las frenĆ©ticas pulsiones de corrupción y la deteriorada legitimidad de la democracia en el paĆs carioca? Por supuesto que no. Sin ir mĆ”s lejos, en la tónica del eterno retorno, el heurĆstico a aplicar con posterioridad a la crisis de Petrobras fue paradójicamente nuevamente, "Ā”cambiar la constitución!".
No se trata de plantear que la Constitución chilena no estĆ© sujeta a perfeccionamientos, sino mĆ”s bien de poner sobre la mesa, el hecho objetivo de que sin una hipertrofia de derechos sociales garantizados en el texto constitucional, Chile posee mejores indicadores educacionales expresados en la prueba PISA que Brasil, un menor Ćndice de corrupción, expresado en el Ćndice de Transparencia Internacional, y un Ćndice de Desarrollo Humano (que incorpora dimensiones de salud, educación e ingresos) que nos sitĆŗa en la posición global nĆŗmero 42, mientras Brasil figura en el lugar 75.
Las dimensiones institucionales son importantes en el desarrollo de los paĆses, basta un recorrido en la literatura desde D. North a J. Robinson y D. Acemoglu. Pero en la evidencia comparada abundan los casos de grandilocuentes constituciones que han frustrado condiciones del desarrollo, mientras que las constituciones sobrias, trazando un objetivo modesto, pero eficaz, a la hora de generar las condiciones institucionales para que sus ciudadanos alcancen el desarrollo, han terminado siendo mĆ”s efectivas en el tiempo.
Parece importante tener esto en mente. La alquimia constitucional soporta muchas esperanzas, anhelos y promesas, pero no por eso pasa a ser una pócima mÔgica que venga a remediar todos los males de una comunidad y a asegurar el porvenir de toda la sociedad.
[1] Un anĆ”lisis interesante sobre el efecto de la extensión de las constituciones en los paĆses de la OCDE se encuentra en Tsebellis, G. (2013). A long Constitution is a (Positively) Bad Constitution: Evidence from OECD Countries. Donde la evidencia indica que paĆses con constituciones largas poseen menores niveles de PIB per cĆ”pita, controlando por una serie de factores.