Cómo defender la democracia de las mayorías: la amenaza populista

Por Luis Larraín, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, para Documento "Una Mirada Liberal: La democracia ante el poder de las mayorías" de RELIAL.

 

La limitación del poder del Estado frente a las personas es siempre una manera de defender las libertades y la autonomía de la voluntad, premisas del liberalismo clásico. Los padres fundadores de los Estados Unidos, al legarnos una Constitución que tiene precisamente ese objetivo nos señalan el camino.

La democracia liberal ha evolucionado en algunas sociedades a través de instituciones que sirven a precisamente esos propósitos. Así, hoy día se reconoce a la democracia representativa y a la división de poderes del Estado como instituciones adecuadas para la defensa de la libertad del individuo.

Pero ese ordenamiento está siempre en peligro, en cuanto surgen personas que piensan que saben mejor lo que conviene a otras personas que ellas mismas. En ese pensamiento, en definitiva, está el origen de todos los totalitarismos.

El fracaso sin atenuantes del socialismo en todas partes del mundo, miremos sino el drama que vive Venezuela, hace que los enemigos de la libertad busquen hoy otras formas, más sibilinas, para doblegar la autonomía de la voluntad y someterla a proyectos totalizantes. La pregunta que me surge ante esta iniciativa de Mirada Liberal de convocarnos a pensar en este tema es si el populismo es una de las amenazas más serias a la libertad que enfrentamos hoy.

Y francamente me parece interesante que discutamos también acerca del populismo de derecha, que empieza a tomar cuerpo y ganar terreno en distintas partes del mundo. Es interesante discutir en serio esta posibilidad, dejando de lado un intento por ignorarla, que equivale a lo que en Chile llamamos “hacerse el leso”, simulando que creemos que ese es un problema de otros. Me parece que también es un error adoptar una actitud de desprecio, que pretenda descalificar expresiones populistas simplemente porque se alejan de lo políticamente correcto y de la sensibilidad “progresista” que domina en los medios de comunicación, en los ambientes universitarios y en buena parte de la política. El hastío de mucha gente que se siente mal tratada por los apologistas de lo políticamente correcto es un combustible para el populismo de derecha como lo demostró la elección de Donald Trump. Lo desconcertante es que la izquierda no se percate de ello y sigan fabricando populistas de derecha en distintas latitudes con su intolerancia. El mero desprecio al populismo de derecha, es simplificar en extremo el fenómeno, cuando lo que debemos hacer es tratar de entenderlo. Tratar de entender el surgimiento del populismo no significaba en mi opinión ser condescendiente con él. Me manifiesto derechamente contrario al populismo. Creo que la esencia del populismo está en el intento de un líder por constituirse como representante del “pueblo” y señalar y combatir a un enemigo, habitualmente “las elites”, que serían culpables de la mayoría de nuestros males. Generalmente esos enemigos son más ficticios que reales. Los inmigrantes no han dañado a los Estados Unidos, lo engrandecen. El comercio libre no perjudica a los americanos, los beneficia. Pero el líder populista, y Trump lo es, tiene que encontrar a alguien a quien echarle la culpa de los problemas.

El argentino Ernesto Laclau, uno de los referentes intelectuales del Frente Amplio, la coalición más a la izquierda en Chile, lo pone bien cuando dice que “el líder populista viene a recuperar para el pueblo un poder del que ha sido injustamente privado”. Su libro “La Razón Populista” se constituye en un verdadero elogio al populismo, al que identifica como una herramienta legítima del juego democrático y quizás una de las más importantes.

Esa invocación al pueblo, que no es exclusiva de la izquierda, me parece siempre sospechosa. Para quienes junto a los liberales clásicos creemos que la soberanía individual es una premisa epistemológica liberal y pensamos que el hombre es anterior al Estado, la democracia representativa de carácter liberal es la máxima concesión que estamos dispuestos a hacer para limitar nuestra libertad. El líder populista que desprecia la democracia representativa o la respeta sólo por razones tácticas, es un sujeto peligroso. De hecho, Laclau y otros pensadores como Chantal Mouffe buscan reemplazarla a través de “procesos de creación de sentido” que conduzcan a una nueva hegemonía, en que instituciones tan básicas como la división de poderes del Estado o incluso la democracia representativa sean reemplazadas por otras lógicas como la movilización popular o los plebiscitos. Cierta derecha conservadora puede considerar atractiva esta limitación a la soberanía individual y llegar así a coquetear con el populismo. El instrumento para hacerlo será probablemente la invocación al pueblo, ese colectivo indefinido en que la voluntad de la persona no parece estar presente.

Por eso, señalo mi advertencia a no ser condescendientes con el populismo en la derecha, que erigirá como enemigo al “neoliberalismo”, ese mono de paja que los enemigos de la libertad han inventado para atacarla, haciendo gala de su falta de honestidad intelectual. Quien tenga dudas acerca de ello que encuentre entonces un autor que se proclame “neoliberal”.

Para entender el populismo y, de una manera más general, el rol que los sentimientos juegan en la política, es altamente recomendable seguir los hallazgos de la neurociencia y la sicología conductual desarrollada por científicos evolucionistas. Éstos nos dicen que, si bien no podemos dejar que las emociones reemplacen a la razón en nuestro discernimiento, como ocurre en el populismo, tampoco podemos negar la existencia de los sentimientos en política. El concepto de intuición moral del sicólogo Jonathan Haidt, autor de “The Righteous Mind” es un muy buen instrumento de análisis de la política. Dice este autor que pertenecemos a “tribus morales” y que interpretamos la información que nos llega de acuerdo a quién es el emisor.

El extremo de esta tendencia está retratado por el austríaco Stephen Lewandowsky, que la caracteriza con la siguiente frase: “si te odio, tus hechos son falsos”. El estudio del comportamiento de usuarios de redes sociales también es muy útil para entender la sociedad actual. El filósofo coreano-alemán Byung Chul Han lo describe con gran acierto en su libro “En el Enjambre” cuando afirma que en esas redes nos enfrentamos a flujos de descalificación y de halago desatados por líderes de esos medios. Leer a estos autores, cuyas conclusiones no siempre comparto, es muy útil para quienes andan buscando explicaciones a la posverdad.

Una respuesta liberal a este estado de cosas que nos plantea el académico español Manuel Arias Maldonado, de la Universidad de Málaga, en su libro “La Democracia Sentimental”, es que no podemos dejarnos colonizar por los sentimientos hasta perder nuestra soberanía individual; pero sí debemos aprender a vivir con ellos presentes en nuestras decisiones y en la política. El futuro no podrá ser sino de la razón, nos dice Arias Maldonado, pero de una razón que ha aprendido a golpes de autoconciencia a dialogar fructíferamente con sus emociones.

El populismo es una realidad de la política en el mundo hoy día y también puede serlo en Chile, como lo ha sido en Latinoamérica. En cuanto hace prevalecer la pertenencia a un supuesto “pueblo” a la soberanía individual, es un enemigo de la libertad y debemos estar preparados para combatirlo.

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