El gobierno de Michelle Bachelet, pese a todas las chambonadas que comete a la hora de poner en prĆ”ctica sus reformas, tiene una especial habilidad para poner sus temas en la agenda y convencer a un buen nĆŗmero de chilenos que muchos de sus problemas podrĆan resolverse si los cambios que propone se ponen en prĆ”ctica.
AsĆ, el proceso constituyente se inicia con el Consejo Ciudadano de Observadores, un variopinto grupo de personas en que hay algunos conocidos y amigos mĆos, asĆ es que no puedo ser muy filudo en mis comentarios, que incluye futbolistas, periodistas, escritores, dirigentes gremiales, trabajadores sociales, cantantes y unos pocos abogados constitucionalistas.
El objetivo del gobierno, obviamente, es dar la sensación de que aquà hay un amplio proceso de participación ciudadana, representativo de la población, lo que no es asà porque la Presidenta tiene un concepto de pluralismo para la integración de sus consejos que es algo asà como dieciséis nuestros, tres de ustedes y dos imparciales pero de los nuestros.
Uno de los integrantes del Consejo, Patricio Zapata, destacado constitucionalista y buen amigo, acaba de publicar un libro sobre la materia que se llama āLa Casa de Todosā. En mi caso, con ese Consejo, con buena voluntad podrĆa decir que me gusta una ventana de la casa. Si soy mĆ”s realista, de la casa apenas me representarĆ”n un par de tejas.
No sĆ© cuĆ”nto podrĆ” avanzar el proceso, pero lo cierto es que mi pĆ”lpito es que buena parte del aƱo 2016 estaremos hablando de la Nueva Constitución. AsĆ, el tema quedarĆ” instalado para la próxima campaƱa presidencial y parlamentaria.
Pese a que una Constitución es algo bastante menos tangible que la gratuidad en Educación, hay en principio una actitud favorable a tener una nueva constitución. Yo no tengo una actitud contraria a revisar la constitución.
Me temo, sin embargo, que la mayorĆa de nuestros amigos constituyentes no tienen la misma concepción de los valores deseables de una Constitución que tengo yo. AdemĆ”s, desconfĆo de esta puesta en escena que nos quiere mostrar esto como una nueva panacea.
Las constituciones modernas tienen su origen en intentos por poner lĆmites al poder del soberano. AsĆ nació la Carta Magna en Inglaterra por allĆ” por el aƱo 1.200 y fue dirigida al Rey Juan I, mĆ”s conocido como Juan sin Tierra. Otro ejemplo notable en ese sentido es la Constitución de los Estados Unidos, elaborada por buena parte de los llamados Padres Fundadores de ese paĆs, cuya principal preocupación era la libertad y la defensa de los ciudadanos frente al poder.
Cuando uno escucha el entusiasmo con que algunos defienden los llamados āderechos socialesā y afirman que deben estar sĆ o sĆ en nuestra constitución, pasa a preocuparse porque esos derechos, para poder ejercerse, necesitan recursos. Esos recursos habitualmente son de personas distintas a los que estĆ”n reclamando, con lo que la polĆtica se transforma en un ejercicio de exacción.
La felicidad de estos estados con derechos sociales, no obstante, tiene un lĆmite. Como decĆa Margaret Thatcher: āel socialismo fracasa cuando se acaba el dinero de los demĆ”s.ā
Muchos de los crĆticos de la actual Constitución enfatizan que no es legĆtimo que Ć©sta contenga en su concepción conceptos como el Estado Subsidiario, pues Ć©ste corresponde a una particular concepción de la sociedad, que no es compartido por todos.
Sin embargo se les olvida ese argumento a la hora de proponer derechos sociales. Una Constitución con derechos sociales no es una casa de todos.
Y no es solamente porque yo sea menos generoso que otros (con la plata de los demĆ”s en todo caso) sino porque obviamente una Constitución no crea riqueza para repartir, aunque sĆ podrĆa ser importante para generar las condiciones para que en el paĆs se cree mĆ”s riqueza.
No parece ser esto lo que desvela a los entusiastas de la Nueva Constitución. Parece mÔs bien que ellos estÔn pensando en una gran repartija.
Columna de Luis LarraĆn, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, publicada en El LĆbero.-