27 de enero de 2018

La lectura recomendada de Carlos Peña: “La igualdad liberal”, de Lucía Santa Cruz

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Por Carlos Peña
Rector de la Universidad Diego Portales

Los buenos libros -y este lo es con largueza- no son una simple yuxtaposición de ideas o un simple ejercicio de erudición, sino un esfuerzo por responder dos o tres preguntas en cuyo derredor las ideas son convocadas ¿Cuáles son esas preguntas que este excelente libro de la profesora Santa Cruz intenta responder?

Esas preguntas son tres, una empírica, otra normativa y una tercera conceptual.

La primera es relativa a la sociedad moderna e intenta dilucidar en qué ella consiste, cuál es su rasgo definitorio, y qué fue lo que la desató y la hizo irrumpir. La segunda indaga por la mejor manera en que ella debe organizarse, asignar las oportunidades y los recursos. La tercera inquiere qué ha de entenderse por igualdad y las diferencias que median entre ella y la libertad. La primera pregunta, cuya respuesta se encuentra en los cuatro primeros apartados del libro, es sociológica e histórica; la segunda atinge más bien a la filosofía política; la tercera a la historia de las ideas.

Revisar la respuesta que Lucía Santa Cruz ensaya a cada una (aunque alterando un tanto el orden en que ella misma las desarrolla) es una forma de presentar este libro y a la vez evaluarlo.

La caracterización que en este libro se contiene de la sociedad moderna tiene la sencillez que poseen las buenas descripciones. La sociedad moderna se caracterizaría porque en ella las posiciones sociales, el lugar que cada uno tiene en la escala invisible del prestigio y del poder, dependería cada vez más de cualidades adquiridas y cada vez menos de características adscritas o, si se prefiere, en la sociedad moderna -y cuando este libro habla de sociedad moderna está pensando en esa mezcla de mercado, estado nacional y mediatización de la cultura- importa más el desempeño que la herencia. Esta caracterización coincide, desde luego, con la que formula toda la sociología clásica desde Tönnies a Parsons: el tránsito desde la sociedad tradicional a la moderna, es un tránsito desde la comunidad a la sociedad; desde el status al contrato.

Y coincide también con quien ha de ser uno de los autores preferidos de la autora: Tocqueville.

Tocqueville vio en la sociedad moderna un torrente de igualdad social. “El desarrollo de la igualdad, dijo, es un hecho providencial”, un fenómeno que disolvería todas las jerarquías preestablecidas y hereditarias consagrando para todos los seres humanos la misma posición formal al interior de la comunidad política. Por igualdad social entendió Tocqueville la carencia de las jerarquías tradicionales, la disolución de todos los vínculos que distribuían en proporciones distintas la dignidad entre los seres humanos. Para Tocqueville, esa igualdad social es compatible, en principio,  con amplias formas de desigualdad, como la desigualdad de riqueza.

Como explica la autora, la sociedad moderna al efectuar ese tránsito de lo adscrito a lo adquirido instituye la igualdad, ante todo, como igualdad ante la ley o, si se prefiere, como una inmunidad igualmente distribuida frente a la coacción estatal. Se trata, como reclama Kant, de “la igualdad de los seres humanos en tanto súbditos”.

Ese tipo de sociedad no sería sólo el fruto de la expansión de las fuerzas productivas (como sugiere Marx) sino también de las ideas. Serían las ideas, ese misterio de curiosidad y creatividad, las que al imantar la voluntad de los seres humanos y convencerlos que eran autónomos y que la felicidad consistía en desplegar un plan de vida, las que desataron el torrente de creatividad que llevó a la sociedad moderna.

¿Cuál es la mejor manera de organizar a ese tipo de sociedad sin sacrificar los bienes que ella provee?

En esta parte la profesora Santa Cruz despliega el rasgo más notorio de su pensamiento que puede ser filiado como un liberalismo conservador en el que se nota el influjo atmosférico de  Burke. El conservadurismo es una forma de concebir el tiempo histórico como una lenta evolución espontánea, a cuyo través las sociedades humanas irían sedimentando formas de cooperación y soluciones que aumentarían su capacidad adaptativa. Transgredir ese guión silencioso con un afán constructivista, conlleva el riesgo de despilfarrar lo que la historia ha depositado en la cultura humana. De ahí entonces que en vez de esmerarse la sociedad por alcanzar la igualdad de resultados y de oportunidades (ideales cuya prosecución requiere altos niveles de coacción y un amago de la libertad) debiera hacerlo por crear oportunidades, de manera que ante ellas la autonomía se despliegue. Es verdad, indica la profesora Santa Cruz, que la naturaleza, la herencia y el desempeño humano introduce desigualdades; pero el afán de corregirlas puede llevar a un resultado peor consistente en estropear instituciones que el moroso pero infalible paso del tiempo y la imaginación humana ha ido construyendo.

¿En que consiste entonces ese ideal de igualdad liberal que este libro proclama?

Este libro más que subrayar la igualdad, es un libro acerca de la libertad concebida clásicamente como ausencia de coacción, que es como la imaginó Hobbes. Todas las consideraciones que contiene acerca de la igualdad y los esfuerzos que hace por evitar que ese concepto y ese ideal se ensanche y se infle, están motivados por el empeño de proteger un área de inmunidad de los seres humanos frente al Estado. La igualdad es estimable, piensa la autora, pero su valor no puede compararse con el de la libertad concebida -en la tradición de Hobbes, de Hayek o de Berlin– como conceptualmente distinta de la igualdad o de la justicia.

Por eso el título es todo un acierto: igualdad liberal quiere decir que la búsqueda de la igualdad tiene como límite la concepción de la libertad como inmunidad frente al Estado.

Pero si uno cambia el concepto de libertad entonces el trato del problema de la igualdad también cambia y en vez de ser un límite a la igualdad, la libertad puede transformarse en su fundamento; aunque ya no se trataría, desde luego, de una igualdad liberal en el sentido clásico.

Por ejemplo en el Digesto (la famosa compilación de Justiniano) se dice que un hombre puede ser esclavo sin nunca haber sido expuesto a la coacción proveniente de un tercero. Por eso Cicerón explicaba que “la libertad no consiste en tener un dueño justo, sino en no tener ninguno”. Ser libre era, pues, ser sui juris, estar sometido a si mismo, poseer ante sí la posibilidad de discernir y ejecutar, siquiera en principio, el tipo de vida que se quiere vivir. Si uno esgrime ese concepto de libertad entonces hay buenas razones para proveer bienes primarios que permitan a todos ejercer su autonomía por igual. En este caso se invierte el razonamiento que hace la profesora Santa Cruz: ya no es la libertad la que orienta nuestra comprensión de la igualdad, sino la igualdad la que orienta nuestra comprensión de la libertad. Y pienso que esta última relación es la que subyace en lo que ha llegado a ser la sociedad moderna.

Al margen de esa observación (que no es una crítica interna, sino externa al libro) estamos en presencia de una obra inteligente y bien escrita cuya importancia para el debate público en Chile es difícil exagerar. La profesora Santa Cruz ha proveído con él a la derecha chilena, o a parte de ella, de una importante guía intelectual de la que hasta ahora carecía en Chile, entusiasmada, como estaba, con las derivaciones de la economía neoclásica en todas las esferas de la vida. Y a la centroizquierda, confiada en la expansión de la igualdad, de un desafío que la obligará a afilar sus armas conceptuales.

Fuente: Revista LyD.-