12 de febrero de 2018

La lectura recomendada de David Gallagher: “La igualdad liberal”, de Lucía Santa Cruz

POR DAVID GALLAGHER, CONSEJERO DEL CENTRO DE POLÍTICAS PÚBLICAS (CEP).

 

No hay duda que el tema de la igualdad ha dominado el debate político en Chile estos últimos años. Además es un tema candente en todo el mundo. Pero en todas partes hay poca claridad respecto a qué entendemos por igualdad, y a qué tipo de igualdad aspiramos.

Por eso es muy oportuno este gran libro de Lucía Santa Cruz. Ella analiza el tema con ojo tanto de historiadora como de filósofa política. Una gran combinación.

Sin esconder su pertenencia a la tradición -que yo comparto- del liberalismo clásico, exhibe en sus análisis una inusual honestidad intelectual. Nunca al presentar un argumento deja de exhibir los argumentos contrarios. Por eso el libro es una valiosísima reflexión sobre el tema de la igualdad en todos sus avatares.

El libro comienza describiendo el surgimiento del pensamiento liberal clásico en los siglos 17 y 18. Los hitos del cambio profundo que genera la revolución liberal, y que se van realizando de a poco, están analizados exhaustivamente. Entre los más importantes: la limitación constitucional al poder del monarca, como la que se da en la llamada Gloriosa Revolución inglesa de 1688; la apertura de las ocupaciones a quienes tengan talento, al eliminar las restricciones estamentales; la derogación de monopolios y privilegios mercantilistas; la afirmación del derecho de propiedad y el derecho de emprender; y sobre todo, la igualdad de cada individuo ante la ley, su igualdad en dignidad y en derechos.

El individuo es el corazón de ese cambio liberal, cosa que Lucía Santa Cruz enfatiza incansablemente. Esta igualdad en dignidad y ante la ley es una igualdad— valga, para algunos, la contradicción—de seres únicos, cada uno diferente. Es igualdad en la diferencia.  Es un derecho que tiene fundamentos epistemológicos (nadie puede saber lo que necesito más que yo) y morales (nadie tiene derecho de invadir  mi autonomía.)

Cabe señalar que éste no es un libro de pensamiento libertario. Su inspiración es el liberalismo clásico, una tradición de pensamiento moderado y flexible. Por ende los valores expuestos no son, por definición, absolutos, cosa que la autora nos recuerda una y otra vez. De hecho una de las grandes contribuciones de este libro es su análisis de cuánto debería hacer el Estado para compensar a los que se quedan atrás. ¿Cuál es el mínimo grado de bienestar aceptable en una sociedad decente? Por otro lado ¿cuál es el bienestar máximo al que se puede aspirar sin matar la gallina de los huevos de oro con exceso de impuestos?

Son, claro, los temas candentes de nuestros tiempos. El libro analiza distintos tipos de metas igualitarias que se han ensayado en el mundo, para ir descartando aquellas que parecen imposibles, injustas o demasiado costosas. Descartada la igualdad absoluta y la de resultados, parece razonable y atractiva la de oportunidades.

A primera vista todos estamos con ella. Pero Lucía Santa Cruz nos recuerda, con la honestidad que la caracteriza, que allí también tenemos que ser honestos. Porque tampoco se puede igualar las oportunidades sin coerción. Desde ya porque todos nacemos con capacidades distintas. Y como si la genética fuera poco está también la desigualdad en el capital familiar de los niños.

Si no se puede eliminar desigualdad de oportunidades sin grados inaceptables de coerción, sí se la puede reducir mejor educación, empezando con la temprana. También, como dice Lucía Santa Cruz, se puede ampliar las oportunidades. Que haya más y más, gracias al crecimiento, y más y más gente con capacidad de aprovecharlas gracias a la educación.

Sin bombo, sin nunca caer en tonos proselitistas, el libro finalmente opta por la meritocracia como la mejor forma de distribuir las recompensas en la sociedad. Antes de hacerlo analiza todos los argumentos en contra de la meritocracia. Entiende que para muchos premiar el mérito es injusto, porque el mérito no es lo mismo que el valor.

Pero ¿qué es peor, que las recompensas sean decididas por un mecanismo anónimo e imparcial como lo es el mercado, o que las decida -con enigmática discrecionalidad- un comité de expertos o el gobierno de turno?¿Que seamos remunerados por mérito o que lo seamos en virtud del status que nos dio el nacimiento? ¿O porque pertenecemos a un partido político o una clase social o religión? Analizados todos los argumentos contra la meritocracia, nuestra autora concuerda que como sistema de distribución tiene muchos defectos.

Hay una última sección del libro que aterriza las discusiones teóricas y las aplica a Chile. Esta sección es una enérgica vindicación del modelo. De nuestro modelo liberal, o neo-liberal, como quisieran llamarlo algunos detractores. La autora compara los resultados de este modelo con los del modelo mercantilista y corporativista que durante tantos años lo precedió. Para los jóvenes que añoran un pasado edénico, el libro nos brinda datos espeluznantes del modelo antiguo. Como por ejemplo que en 1970,  nuestra tasa de mortalidad infantil era la peor de América Latina, con la sola excepción de Paraguay.

Enseguida el libro describe, con muchos datos, la forma en que el modelo liberal ha sacado a millones de chilenos de la pobreza, la enorme clase media que ha generado,  la profusión de bienes que se han vuelto disponibles para masas de gente, el alto crecimiento que se ha logrado, el hecho de que incluso el Gini ha bajado últimamente, y de que debería seguir bajando poco a poco por las altas diferencias de escolaridad que hay en la población por edad, y de muchos otros beneficios menos cuantificables, como el hecho de que ahora tenemos una sociedad menos jerárquica, menos deferente, más igualitaria.

¡Así pues es la igualdad liberal de Lucía Santa Cruz! Termino recomendándoles fervorosamente este libro. Sumérjanse en él. Es un inteligentísimo pero a la vez ameno y elegante baño de liberalismo clásico, aplicado al Chile de hoy.