26 de febrero de 2018

Extracto de “La Igualdad Liberal” de Lucía Santa Cruz publicado en La Segunda

En su libro, Lucía Santa Cruz busca dilucidar cuál ha sido el efecto que han traído consigo la economía de mercado, la modernización capitalista y el crecimiento económico sobre los criterios de jerarquización social y las formas de organización social.

A veces tendemos a olvidar que en épocas anteriores a la Revolución Industrial la cantidad de medios de producción -que se limitaban prácticamente a la tierra y a unas pocas herra­mientas para labrar- eran pocos y limitados. Ello significaba que la riqueza era acotada y finita, que estaba asignada y, por lo tanto, sólo un pequeño porcentaje de la población podía asegu­rarse los medios de subsistencia. De ahí que, con anterioridad al siglo XVIII, escasamente era posible producir excedentes al consumo y de haberlos, siempre restringidos a una ínfima minoría, y por lo general no eran invertidos en actividades pro­ductivas, sino en lujos o magníficas construcciones seculares o religiosas. En virtud de ello, el tamaño de la población se man­tenía prácticamente sin variación. Cada aumento del producto era neutralizado por una nueva devastación como resultado de las pestes o las hambrunas, y cada descenso en los niveles de mortalidad volvía a su marca original.

En este sentido, la privación económica, la precarie­dad de la subsistencia y la pobreza eran simplemente hechos de la causa. Sólo cuando el hombre, a través de la liberación de su creatividad, logra generar excedentes más allá de la sub­sistencia se piensa por primera vez que la miseria puede ser evitada. Antes que la economía de mercado se adoptara como modo más o menos generalizado para organi­zar la economía en Occidente, la existencia de la miseria era algo posible de aliviar a través de la caridad, pero impensable de solucionar. La prosperidad y la libertad son fenómenos nuevos, extraños, ocasionales dentro de la historia de la humanidad, porque la constante ha sido más bien la pobreza inevitable y la sumisión.

El sistema que nace con “la sociedad comercial” ha sido la fuerza más igualadora y culturalmente homogeneiza­dora que hemos conocido históricamente. A ella le es atribuible el mayor progreso material en la historia; y es indudablemente el sistema que más ha ayudado a los pobres (comparado con sus alternativas previas o con las socialistas de la actualidad). Ha permitido los avances tecnológicos y científicos y la libera­ción del tiempo antes destinado a la mera sobrevivencia y a las tareas más arduas; ha mejorado la comunicación y lo más indi­cativo es que ha permitido un incremento en las expectativas de vida de todos.

Este desarrollo sin precedentes trajo consigo muchas conse­cuencias, pero tal vez ninguna tan importante como el cambio en la naturaleza misma de la noción de la riqueza, la cual, de ser estática y limitada, pasó a ser el producto de la creación perma­nente del ser humano.

Este cambio tan radical se produce, en definitiva, con la Revolución Industrial que permite que la riqueza disponible pase de ser limitada a los bienes ya creados (principalmente la tierra), a ser dinámica. Así, por primera vez en la historia, la riqueza puede ser creada a partir de la creatividad y la innovación humana y el trabajo de las personas. Ahora bien, con anteriori­dad, frente a bienes escasos y limitados y sin posibilidad que el producto se incrementara, la única forma de alcanzar riqueza o propiedad era arrebatándosela al que ya la tenía. Existía, así, un juego de suma cero. La situación desde entonces es pro­fundamente diferente y más que quitarle a los que ya tienen, es necesario crear las condiciones y establecer los incentivos para generar más riqueza, de modo de satisfacer las crecien­tes expectativas y necesidades de una población cada vez más extensa y con aspiraciones progresivas. Como sostiene Henry Hazlitt: “el problema de la pobreza no es un problema de dis­tribución sino de producción. Los pobres son pobres no porque la riqueza les haya sido arrebatada, sino porque por una diversi­dad de razones están impedidos de producir lo suficiente”. Esta diferencia es fundamental, porque en un caso llevará a políti­cas tendientes a aumentar la producción y a resolver las razones por las cuales algunos pobres no están participando en la crea­ción de riqueza; y en el otro, la solución será la distribución de lo ya creado. En suma, ahora no es posible en lógica sostener que los pobres son pobres porque los ricos les han quitado una riqueza con existencia previa. Ello, porque lo único previo a la posibilidad de crear riqueza masivamente -fenómeno nuevo en la historia de la humanidad- ha sido la pobreza y la miseria. En palabras de Thomas Sowell: “la pobreza ocurre automática­mente, es la riqueza la que debe ser producida y es ésta, no la pobreza, la que debe ser explicada”

La economía de mercado, que se desarrolla más intensamente a partir de los cambios a que hemos hecho alusión, se basa en la libertad de emprendimiento individual, en la competencia y en la división del trabajo. Esto implica que necesariamente permite que se expresen las desigualdades existentes en una sociedad y distribuye -al menos parcialmente- las recompen­sas de acuerdo a los diferentes aportes y, por lo tanto, en forma desigual. Sin embargo, debemos admitir que ella es también el modelo de desarrollo económico que ha permitido sacar en forma creciente a millones de habitantes del planeta del estado de pobreza. La miseria en la cual estuvieron sumidos por cien­tos de años con anterioridad al gran cambio de paradigma ocurrido en el siglo XVIII, dio un giro con la introducción de las ideas liberales, especialmente las de pensadores como Adam Smith, escocés del siglo XVIII, filósofo moral considerado el padre de la economía moderna y John Locke, filosofo inglés del siglo XVII, padre del liberalismo clásico.

En el proceso iniciado por la Revolución Industrial la econo­mía moderna comenzó a desarrollarse de manera más rápida a través de la aplicación del conocimiento a los procesos producti­vos. Debido a ello, y a la división del trabajo de la era moderna, se instauró un sistema de premios y recompensas a los salarios, determinado en gran medida por la capacidad y la educación. En otras palabras, las recompensas en el mercado laboral están cada vez más ligadas al mérito, entendido como capacidad, talento, conocimiento, información, esfuerzo, motivación y otras virtu­des, como la autodisciplina, la capacidad de trabajar en equipos, la habilidad para comunicarse con los otros, etc.

Esto ha significado, entre otras cosas, que la desigualdad por mérito personal es percibida como moralmente distinta a la desigualdad heredada: es más aceptable a los ojos de las perso­nas y tiene mayor legitimidad.

Si bien la meritocracia y la consiguiente movilidad social no son usualmente considerados como requisitos previos para generar riqueza, la evidencia empírica tiende a demostrar que las sociedades con mayores niveles de movilidad presentan veloci­dades de crecimiento también mayores, en gran medida porque son capaces de utilizar mejor la totalidad de los talentos exis­tentes en un país. En todo caso, ellas son percibidas como más justas y garantizan mayor estabilidad. También es evidente que en la medida en que los “premios” obedezcan principalmente a una lógica de mercado, los esfuerzos individuales estarán concentrados en las actividades que generen mayor riqueza y crecimiento. Aún más, si una sociedad posee un grado signi­ficativo de permeabilidad y fluidez social, lo más probable es que las formas en las que se expresan los conflictos sociales que reclaman cambios estructurales al sistema de mercado difícil­mente tengan éxito; y que las demandas finalmente se limiten a la exigencia de ajustes menores y a la creación de mayor abun­dancia de oportunidades y al anhelo de mayor participación en los beneficios de la modernización. Todo indica que en aque­llas sociedades donde el acceso y pertenencia a la élite no se encuentran determinadas exclusivamente por el origen social, existe menos cuestionamiento de la institucionalidad y menor apoyo popular para políticas públicas que sean principalmente redistributivas, demagógicas o populistas.

Cómo se establecen las diferencias entre los integrantes de una comunidad, por qué unos tienen más y otros tienen menos y las razones que explican las distintas posiciones que adoptan las personas en una sociedad son relevantes y producen efectos diferentes. Así por ejemplo, una sociedad en que los sistemas de diferenciación son heredados, ellos están dados por la pertenen­cia a un grupo social (clan, familia, partido, etc.) y eso genera ciertos efectos: inmovilidad, mal uso de los recursos humanos disponibles, frustración, descontento. En cambio, si las dife­rencias se dan por méritos y por la contribución que cada uno hace a la sociedad, hay movilidad, un mejor uso de los recursos humanos existentes y una mayor aceptación de las diferencias.

En suma, la desigualdad es un tema mucho más complejo de lo que se vislumbra en el debate político. Es multidimensional, afecta numerosas dimensiones de la vida humana, se expresa en muchas esferas distintas y su medición o evaluación no puede hacerse solamente en términos de la distribución de los ingre­sos o desde una perspectiva exclusivamente material.

Los filósofos suelen sostener que “los hombres nacen libres e iguales”, pero esa aseveración es más una metáfora que una descripción de la realidad; o bien se refiere específicamente a la igualdad en dignidad y en derechos, que la sociedad debe garantizar a todos sus miembros. Porque el hecho es que, si bien en la época moderna las personas en la mayoría de las naciones han conquistado el derecho a ser iguales en derechos y ante la ley, ellas son desiguales en sus talentos y en toda suerte de bienes y atributos.

Los seres humanos, lejos de ser empíricamente iguales, diferimos no sólo en características externas. También en la situación económica que heredamos, el capital social familiar, la formación cultural, el nivel educacional, el ambiente natu­ral y social, la edad, sexo, grado de proclividad a la enfermedad física o mental, habilidades físicas e intelectuales, talentos, gra­dos de empatía, disposiciones, voluntad, estados de ánimo, estructuras de personalidad, ingresos, patrones de consumo, estilos de vida, conjunto de opiniones, valores, actitudes, com­portamiento político, prestigio social, bienestar, patrones de fertilidad, patrones de mortalidad, etc.

Asimismo, muchos de estos elementos adquiridos cultural­mente pueden ser desiguales y, en la práctica, son muy difíciles de equiparar sin una ingeniería social dictatorial, porque ello requeriría eliminar la influencia cultural de la familia en la socialización de los hijos. Por ejemplo, los padres con mayor capital cultural proveen un ambiente más propicio al desarro­llo de sus hijos; y la estabilidad emocional y psicológica de los padres repercute sobre el desarrollo de la personalidad de los hijos. En definitiva, los padres transmiten a sus hijos no sólo sus ventajas o desventajas genéticas, sino también su patrimonio, su capital cultural y sus redes sociales, entre otros.

Estas diferencias tienen un componente que es biológico-ge­nético; otro que es cultural -entendiendo por ello el conjunto de influencias históricas y sociales- y uno que es mero producto del azar.

De hecho, la pluralidad y la diversidad, incluida la desigual­dad en muchas de sus formas, son elementos constitutivos esenciales de la sociedad moderna basada en la libertad y la autonomía de los individuos, y son valoradas como manifesta­ciones enriquecedoras de la vida social y como garantía de la libertad de las personas.

El logro de un tipo de igualdad muchas veces es incompatible con el logro de otra. Del mismo modo, la idea de que imponiendo políti­cas pro igualdad en un ámbito vamos a tener necesariamente una sociedad más igualitaria, ciertamente no es un axioma ni tampoco lo comprueba la historia, porque muchas veces lo que resulta es una sociedad más desigual y más amarga. Por ejemplo, la igualdad de oportunidades puede llevar a grandes desigualdades de ingresos, pero puede ser más justa además de más eficiente que la imposición forzosa de la igualdad material, porque la igualdad de logros sólo puede alcanzarse limitando la igualdad de oportunidades de los más capaces. Esto, porque la única forma de igualar es suprimiendo el potencial de los más capaci­tados, lo que evidentemente requiere de muy severas medidas de coacción para lograrse.

El problema de la desigualdad es más complejo porque, como se ha dicho, hay distintos tipos y diferentes modos de medirla; y de acuerdo al parámetro que se adopte, los resulta­dos son muy diversos.

Por otra parte, existen desigualdades de naturalezas distintas, que tienen diferente legitimidad. La que nace de una correlación entre esfuerzo, mérito y recompensas es moralmente distinta a aquella otra que nace de privilegios, ya sea que estos provengan del nacimiento, de los gobiernos o de la desigualdad ante la ley. Por otra parte, no todas las desigualdades son siempre síntomas de fenómenos negativos. ¿Es posible afirmar que la desigualdad de los ingresos que se origina en la existencia de mejores niveles educacionales entre las generaciones más jóvenes es realmente mala? ¿No es acaso la inversión en capital humano buena en sí misma, porque aumenta la productividad (y en consecuen­cia los ingresos de aquellos con más calificaciones), aunque ello aumente la brecha entre quienes ganan más y quienes ganan menos? Por el contrario, ¿no es negativa, inconveniente e injusta la desigualdad que resulta de un mal sistema educacional?

Extracto del libro “La Igualdad Liberal” de nuestra Consejera Lucía Santa Cruz, publicado en la sección de Documentos de La Segunda.-