6 de octubre de 2017

Columna de Luis Larraín en El Líbero: “La tiranía del Programa y las trincheras en La Moneda”

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Robespierre y Saint Just, líderes Jacobinos de la revolución francesa, terminaron sus días bajo la guillotina. La revolución se tragó así a sus propios inspiradores y a sus más celosos guardianes, confirmando que cuando se desatan las fuerzas del monstruo revolucionario y del absolutismo moral, nadie está salvo.

En nuestra criolla y menos violenta revolución, la de la “retroexcavadora”, los más aplicados conductores y líderes de ella, Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas al principio, Jorge Burgos y Rodrigo Valdés en fase moderada después, y Mahmud Aleuy durante todo el período presidencial, terminan alejados del gobierno, aunque por cierto en situaciones menos dramáticas que sus antecesores galos.

Peñailillo y Arenas en cómodas oficinas de organismos internacionales que ofician de casas de retiro o estaciones de paso y auxilio económico para los líderes de izquierda que dejan el poder en su país. Ellos cayeron, principalmente, por sus propios errores y ambiciones.

Pero distinta es la situación de otros altos colaboradores de Michelle Bachelet que han debido dejar el gobierno.

Rodrigo Valdés probablemente esté rumiando aún las injustas circunstancias de su salida del gabinete, luego de que lo dio todo por ser el arquitecto de las reformas de Bachelet en la parte final de su mandato. Meditará seguramente Valdés  acerca de la mejor forma de reinsertarse en el mundo que nunca debió abandonar: el de la economía. Jorge Burgos, por su parte, en su ya prolongado semi-retiro de la política, sigue sin resolver definitivamente las contradicciones entre su talento para ella y su talante, que le impide ponerse las anteojeras que los políticos deben usar para mirar exclusivamente en dirección al poder.

Y ahora es Aleuy, el prototipo del hombre de confianza, esa persona que todo gobernante quisiera tener a su lado: leal, agudo, eficiente, duro, discreto, que según la versión oficial se va “de vacaciones” en un episodio que refleja a la perfección la preferencia de Bachelet y su círculo cercano por la impostura.

Viene, entonces, a la mente la ya célebre frase que se atribuye a Carlos Marx: “La historia se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como comedia”.

Las repetidas deserciones y defenestraciones de sus hombres claves que ha sufrido el gobierno reflejan, a mi juicio, dos cosas: la inmensidad del error que significó el programa de Michelle Bachelet y el ostracismo con que ella termina su mandato.

El programa de Bachelet tenía como eje una reforma tributaria que aumentaba tres puntos del PIB la recaudación tributaria. Su principal mentor, Alberto Arenas, aseguraba que este shock no afectaría la inversión ni el crecimiento. Cualquier economista medianamente formado sabe que eso es imposible. ¿Cómo pudo suceder, entonces, que una coalición política mayoritaria se alineara sin problemas detrás de tamaño despropósito?

Bueno, no todos eran tan talibanes como Arenas. Algunos, que hoy niegan su paternidad, fueron más moderados en sus dichos: el efecto negativo en la inversión se compensaría a la larga por los mayores niveles de equidad que la reforma impulsaría y que mejoraría la competitividad del país. Buena parte de esa tarea se la asignaban a la otra reforma estrella: la educacional.

Si bien estos economistas no contradecían el ABC de la economía, tampoco hicieron esfuerzo alguno por explicar o siquiera estudiar los mecanismos de transmisión de tan virtuosos efectos. Hoy día se excusan en que la reforma fue mal implementada. Claro, hubo chapucería en su puesta en práctica, pero por sobre todo era una pésima reforma y estaba destinada inevitablemente a frenar el crecimiento y la inversión, como lo hizo.

La reforma a la educación escolar fue otra aberración. Con la devoción a la igualdad como nuevo dios y la segregación como demonio, se quiso poner término a más de 200 años de provisión mixta de educación escolar, con presencia de corporaciones y empresas comerciales particulares que educaban a más del 50% de nuestros niños. Se prohibió a los padres aportar dinero a los colegios, se proscribieron los establecimientos con fines de lucro y se llegó al absurdo, que no ha podido aplicarse, de exigir que los sostenedores fueran dueños del inmueble donde funcionaba el colegio, prohibiendo los arriendos, algo nunca visto en actividad alguna.

Luego vino el gasto desmedido en recursos para lograr la gratuidad en educación superior, que pese a que se quedó corto, igual benefició con recursos del Estado a sectores medios en desmedro de muchos grupos más vulnerables, asfixiando las finanzas públicas.

En el episodio del subsecretario Aleuy, el hombre con las vacaciones más publicitadas de Chile, se esgrimió una promesa del programa en el sentido de que no se aplicaría la ley antiterrorista a la población mapuche, promesa que aunque no se cumplió, sí fue esgrimida en este caso.

Cabe consignar que en las dos últimas situaciones —la salida de Valdés acompañado de Céspedes y Micco, y las “vacaciones” de Aleuy—, los hombres capaces, los pensantes, los que hacían la pega, fueron derrotados por los yes men, los que podían repetir al pie de la letra la consigna del momento, los que serán funcionales hasta el final a los deseos y caprichos de la Presidenta, que se atrinchera cada día más en el segundo piso de La Moneda, esperando el fin de su mandato para entregar la banda presidencial a Sebastián Piñera.

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, publicada en El Líbero.-