11 de septiembre de 2017

Columna de Juan Andrés Fontaine en El Mercurio: “Crecimiento y música”

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En medio de la polémica que terminó con la salida del equipo económico, la Presidenta Michelle Bachelet soltó una frase que lo explica todo: “No concibo un desarrollo a espaldas de la gente -dijo- y donde solo importen los números”. La crítica iba obviamente dirigida a los ahora ex ministros Valdés y Céspedes, quienes intentaron -y consiguieron solo a medias- atemperar con buen razonamiento económico los prejuicios ideológicos y las inclinaciones demagógicas que se han enseñoreado de la política. Su acotación contrasta con la sentencia previa del ex Presidente Ricardo Lagos: “La tarea número uno de Chile es crecer, todo lo demás es música”. Esa diferencia de opinión muestra bien la profunda grieta por la que hace agua la Nueva Mayoría.

Desde luego, el desarrollo es más que el crecimiento del PIB. Comprende el incremento del bienestar asociado a la satisfacción de necesidades básicas (también apodadas “derechos sociales”), así como la difusión hacia todos de las oportunidades de progreso material y espiritual. La preservación del medio ambiente también se incluye en la lista. Hay quienes han producido mediciones -numéricas, mal que le pese a la Presidenta- de esas dimensiones más amplias. El índice de “desarrollo humano” de la ONU, por ejemplo, que considera, además del ingreso, las estadísticas de salud y educación; o el informe de la felicidad mundial, que compara, sobre la base de encuestas, el grado de satisfacción de los habitantes de los distintos países. En general, esas investigaciones muestran que a mayor ingreso, hay mayor desarrollo humano y más felicidad. Y Chile exhibe en los correspondientes rankings grandes avances en las últimas décadas y se ubica a la cabeza de la región.

Tiene razón el ex Presidente Lagos cuando afirma que sin crecimiento no habrá progreso social duradero, sino tan solo música, grata por un rato a los oídos de sus ejecutores y audiencias. El crecimiento provee los medios para atender fines más elevados, incluido por cierto el cultivo de las artes. Las inversiones que lo hacen posible pueden afectar el medio ambiente, pero tras una evaluación técnica de tales efectos y la exigencia de adecuadas compensaciones y mitigaciones, solo deben llevarse adelante los proyectos cuyos beneficios socioeconómicos netos superan el costo ambiental.

Priorizar el crecimiento es urgente. Según el Banco Central, mientras nuestro potencial de crecimiento de largo plazo -que denomina “crecimiento tendencial”- puede estimarse en hasta 3,6% anual, la caída reciente en la inversión y la productividad ha reducido el potencial de corto plazo a tan solo 2,5% anual. Hay ganancias de eficiencia “de primer orden” -dice- susceptibles de obtenerse en un plazo breve si se flexibiliza la legislación laboral, profundiza el desarrollo financiero y facilita la creación y disolución de empresas. Manos a la obra, entonces.

 

Columna de Juan Andrés Fontaine, Consejero de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-