28 de julio de 2017

DC: signos, sentido e identidad

Share on FacebookTweet about this on TwitterEmail this to someonePrint this page

Los tiempos de las definiciones cruciales han llegado a la Democracia Cristiana. Se trata de las decisiones anteriores a las cuestiones procedimentales y electorales; aquellas que remiten a la identidad, lo que le da un marco de sentido a la acción política. Este es un debate que en las filas falangistas se ha dilatado, pero cuya postergación resulta cada vez más insostenible, tarde o temprano la realidad golpea la puerta.

¿Seguirá siendo la Democracia Cristiana un partido anclado en el centro programático del sistema de partidos chilenos? ¿Transitará hacia un centro pragmático? ¿Mutará su raíz socialcristiana hacia una abiertamente socialdemócrata? ¿Será fuerza de oposición obstruccionista o colaborativa frente a un eventual gobierno de centro derecha?

A partir del actuar de su abanderada presidencial, no es posible extraer señal alguna que permita clarificar, o al menos dar luces, a un escenario que se presenta cada día más confuso y nublado para el partido. Los liderazgos políticos alinean objetivos comunes, trazan vectores de acción y toman resoluciones en momentos críticos. Nada de eso podemos esperar de Carolina Goic, su candidatura es un simulacro, una suerte de globo sonda político de articuladores falangistas que vieron en la senadora una serie de atributos y signos idóneos al momento político actual, pero carentes de sentido, de mística, de un relato, de una épica.

Si de revitalizar una identidad subordinada a la izquierda se tratara, entonces, ¿cómo es posible entender que algunos de sus dirigentes hayan, siquiera pensado, en la posibilidad de alcanzar un acuerdo parlamentario con el PRO? Lo anterior es prueba de que un sector de la DC parece haber abandonado definitivamente la pelea por las causas para subsumirse en la simple disputa por cuotas de representación.

Por contradicciones como éstas, la Democracia Cristiana, ha pasado de ser el eje gravitacional del ordenamiento político en el apogeo de la Concertación, para transformarse en el punto de ebullición de una centro izquierda en crisis bajo el alero de la Nueva Mayoría.

No es trivial lo que suceda el sábado en la Junta Nacional DC. A partir de las decisiones que emanen de este cuerpo resolutivo se marcarán las primeras líneas de una fisonomía política que seguramente adquirirá forma definitiva con posterioridad a la elección presidencial. Lo que está en juego es mucho más que los 12 escaños que obtendría la DC compitiendo sola, versus los 26 que obtendría con un acuerdo con los radicales, los 25 con el PPD, o los 27 que alcanzaría pactando con la Izquierda Ciudadana y el MAS, o el par de escaños más, o escaños menos, que obtendría aliándose con el PRO o con Ciudadanos.

Junto con estas frías definiciones basadas en cálculos y guarismos, se debe dar paso a las sustantivas, las que darán frutos no sólo en la próxima elección, sino que marcarán el derrotero del partido en una próxima generación. En este sentido, no parece del todo descartable una futura escisión entre el ala progresista DC que anhela convergencias con el mundo socialdemócrata (Yasna Provoste, por citar un ejemplo)  y sectores más moderados que buscan convergencias con un mundo liberal como el de Ciudadanos de Andrés Velasco (Mariana Aylwin).

Sin ir más lejos, la Unión Demócrata Cristiana Alemana –siempre un referente para la DC chilena- opera bajo una lógica de identidad dual entre La Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) y la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Éste parece un escenario plausible entre dos visiones de mundo que conviven bajo un mismo signo, pero que por su falta de coherencia e identidad a todas luces han desvirtuado el sentido del partido Democratacristiano en el ordenamiento político actual.

 

Columna de Jorge Ramírez, Coordinador Programa Sociedad y Política de Libertad y Desarrollo, publicada en Voces La Tercera.-