25 de septiembre de 2016

Columna de Juan Andrés Fontaine en El Mercurio: Insuficiente

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Sin duda es buena noticia que en los últimos dos años la pobreza haya seguido bajando, como invariablemente viene haciéndolo por al menos tres décadas. Pero nada justifica la algarabía con que han sido recibidos los últimos resultados de la encuesta Casen. El ministro del rubro, Marcos Barraza, asevera que los datos darían “indicios” de que las políticas públicas del Gobierno “van en buena dirección”. Más cauta, la Presidenta Bachelet advierte que aún es temprano para cantar victoria, pero también atribuye el logro a sus políticas sociales. Varios de los expertos consultados parecen gratamente sorprendidos de constatar que el bajón económico hasta ahora no ha causado todo el daño que se temía.

Pero, en verdad, la economía -aunque penosamente desacelerada- no ha cesado de crecer. No ha habido contracción o recesión. Los ingresos de los hogares en general siguen exhibiendo algún aumento, no van marcha atrás. En la medida que ello ocurra, el número de habitantes que se ubica bajo la línea de pobreza -que permanece inalterada- es esperable que siga cayendo, aunque a un ritmo más lento que antes.

Eso es lo que Casen refleja: según las dos definiciones de pobreza publicadas por el Gobierno -referidas una a la falta de ingresos, y la otra, llamada “pobreza multidimensional”, a condiciones de vida-, el avance en la superación de la pobreza durante los dos últimos años es considerablemente menor al obtenido antes. Por ejemplo, durante el gobierno del ex Presidente Piñera, bajo el impulso de la fuerte expansión económica de entonces y de transferencias bien focalizadas, la pobreza según ingresos disminuyó dos veces más rápido que ahora. Para la pobreza multidimensional, la diferencia es de cinco veces. La pronunciada desaceleración de la economía -responsabilidad en buena medida del programa de gobierno- ha desacelerado también la urgente superación de la pobreza.

Al no priorizar el crecimiento económico, se han perjudicado los ingresos reales de los hogares más pobres. Según Casen, en términos per cápita, un 8% al año crecieron los ingresos propios -o “autónomos”, en la jerga de la encuesta- de los hogares del quintil más pobre en el cuatrienio 2010-13. En los dos últimos años, el incremento se ha frenado a solo 3% anual. Similar situación se da en el quintil siguiente. Una economía que marcha lento crea menos empleos de calidad y admite solo aumentos salariales modestos. Desde el Gobierno se felicitan porque el índice de desigualdad de Gini habría “mejorado”. Pero -según Casen- el cambio no obedece al avance de los sectores de menores ingresos, sino al estancamiento del quintil más adinerado. Esa leve caída de la desigualdad no es sino nivelación hacia abajo.

La pobreza, según las nuevas mediciones -hoy más exigentes que antes-, todavía aqueja a dos o tres millones de personas. No hay objetivo de política más importante que avanzar inteligente y persistentemente en la superación de esa lacra. Desgraciadamente, Casen muestra un resultado insuficiente.